Llegué muy tarde; mi maleta desapareció en el autobús. Estaba un poco molesta, cansada y sudada. Empezaron a cuidarme como a una más de la familia: me dieron ropa, cepillo de dientes y todo. Me ofrecieron sentarme a tomar una copa, y cuando les dije que mejor me duchara y reportara la pérdida de la maleta, llamaron a la puerta con una botella de vino y un matamosquitos... ¡Qué monada! Les deseo mucha suerte y, si quieren ir a Tribunj, ahí tienen su sitio. Olvidé algo: cuando ya no quedaba sitio donde quedarme, buscaron uno nuevo, a un precio que podía permitirme. Entonces mi padre me enseñó el lugar, en 34°, ¡qué decir!, ¡increíble!
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